jueves, 25 de diciembre de 2008

Cuando no habia nadie más que tú -

Aquí les dejo un extracto del primer capítulo de El malestar de la barbarie de Fernando Mires, donde explica de manera rápida algunos de los puntos más importantes del psiconálisis freudiano.


Cuando no había nadie más que tú

En los dos primeros capítulos de El malestar en la cultura, Freud parece buscar la conexión con su crítica a la religión formulada en el Futuro de una ilusión (1927). No obstante, lo que interesa a Freud, mediante ese rodeo, es disertar acerca de por qué el ser humano es, por el hecho de pertenecer al ámbito de la cultura, un ser desdichado. De esa desdicha constitutiva viven las religiones, pues, con su idea del "más allá", nos prometen un mundo en donde encontrare­mos la felicidad que se ha hecho imposible en el "más acá". Esa promesa se encuentra —para Freud— no en el futuro sino en el pasado. Pues hubo un tiempo, intenta decirnos Freud, en el que ese "sentimiento oceánico" era algo más que un recuerdo vago. Era una realidad. El ser humano no estaba escindido en Yo y Ello y, por lo tanto, no había necesidad de que existiera ningún Superyo. Era una unidad integrada en la totalidad del cosmos, hasta que, al comer del árbol del conocimiento (la formulación es mía), vale decir, de la cultura, se produjo esa escisión que nos duele en lo más hondo del alma y que no nos deja ser lo que somos. Esa es la triste historia de la humanidad. Pero también es la triste historia de nuestras vidas, la que repetimos, casi monótonamente, desde que nacemos hasta que nos vamos.

Hubo una vez, en un momento de nuestra historia, en que no existíamos como Yo, o si se quiere, nuestro Yo existía disuelto en el inmenso océano del Ello. Nadábamos en un líquido tibio de placeres inmensos. No sabíamos que existía el tiempo con sus horas y minutos. Fuera de nosotros no existía el mundo. El mundo éramos nosotros: éramos intensos, infinitos, omnipotentes. Aun en el momento en que irrumpimos a la superficie, no aceptábamos nuestra singularidad e insistíamos en confundir nuestro cuerpo con esos volcanes de leche caliente que nos inundaban. Nuestros líquidos se desparramaban en colinas de piel blanda y salada. Hasta que un día descubriste que había algo, una sombra gigantesca fuera de ti, que obedecía a tus gemidos, y aprendiste a ordenar el mundo con tu llanto. Y esa figura inmensa obedecía al mundo con tu llanto. Y de pronto escuchaste un ruido que ya no era tu llanto. Existían voces fuera de ti. Entonces, desesperado, te apretaste a esa "otra", mordiendo sin dientes el volcán de leche caliente. Aprendiste a odiarla porque ella no era tú mismo(a), porque se separaba de tu cuerpo, y aunque no te habían enseñado a contar, ya sabías lo que eran dos. Y porque la odiaste por no estar en ti ni tú en ella, la deseaste cuando no estaba cerca, y la llamaste con aquel aullido de gorila herido que aprendiste en una vida que no era la tuya. Estabas viviendo el primer amor de tu vida. El miedo, la tristeza del abandono, el placer del reencuentro. El orgasmo de los cuerpos totales, confundidos en uno, esperando el dolor de la separación. Y un día apareció otra figura, aún más grande y sombría. Y tu primer amor, tu único amor, se lo llevó la sombra. Y gritaste, y aullaste, sintiendo dolores inmensos, y cagaste hasta la última gota de leche. Todo en vano. Entonces seguiste gritando, llamándola, hasta que un día ya no vino ella. Vino esa sombra inmensa y dijo
NO. Aprendiste así a callar tu deseo. Ese No, el padre nuestro- santificado- sea-tu- nombre, te ordenó que no desearas. Y tú deseaste con más fuerza todavía, pero en silencio. Y ese silencio te convirtió en culpable. Desde ese momento, anda­mos dando vueltas por la vida, tratando de pagar la culpa no cometida por el deseo no realizado. Y cuando nos damos cuenta de que ni todo el oro del mundo sirve para saldar esa deuda, dormimos, soñando que regresamos a aquel valle donde tú eras todo, más allá de la vida, pero no en la muerte, aunque sí muy cerca de ella. Esa es la infelicidad de nuestras vidas: el malestar en la cultura.

La muerte del ángel

La infelicidad de vivir. El malestar... también podría haber llevado ese título, y estuvo a punto de recibir uno parecido. Originariamente su autor había escogido como título "La infelicidad en la cultura". Pues, de eso se trata. Vivir en la cultura, y no tenemos otra opción, nos hace profundamente infelices, porque el nacimiento de la cultura, tanto en la humanidad como en cada uno de nosotros, marca un punto de escisión. No puede existir cultura sin represión de nuestra animalidad perdida en la historia de la especie y de la infancia perdida en cada uno de nosotros. La cultura sin represión es una imposibilidad utópica, tesis antropológica que sostiene Freud cuyas repercusiones políticas se adivinan. Ya volveré sobre eso.

La vida cultural nos obliga así a abandonar la niñez para convertirnos en adultos y en ciudadanos, de acuerdo con derechos y obligaciones que hemos debido contraer para—y esta es una tautología— vivir en la cultura. Lo dicho parece inocente. Pero si lo vemos con cierto detenimiento, no es así. Porque dejar de ser niño no es sólo un fenómeno biológico. Implica un largo proceso de domesticación que no todos los seres humanos —algunos por ser muy sensi­bles— pueden soportar. Ser adulto es el resultado de muchas renuncias que entregamos en cuotas hasta que, cuando estamos suficientemente desposeídos de placer, de vida y de energía, recibimos el diploma de adultos. Pero el niño que una vez fuimos no ha muerto. Sigue viviendo en el adulto, muchas veces en el inconciente de tu alma. El inconciente es un niño que encerrado en una pieza oscura despierta a veces, y llora.

Ese niño que una vez fuimos no tenía un sólo órgano sexual. El (ella) era en sí un órgano sexual. Su cuerpo era el placer y el placer era su cuerpo, deducía ya Freud en 1905 en sus Tres ensayos sobre teoría sexual (1905 a). Ese placer se concentró alguna vez en la boca, otra vez en el ano, pero sin que el resto del cuerpo dejara de ser placentero. La última fase, la entrada a la adultez, la más decisiva culturalmente es la genitalización, cuando el principio del placer es puesto al servicio de la reproducción, la que por su importancia cultural es organizada socialmente mediante la familiarización del amor y, en nuestra cultura, la llamada occidental, por medio del matrimonio monogámico.

No hay comentarios: