Tu silencio es una nave con todas las velas llenas
blandas, las brisas juegan en las flámulas, tu sonrisa
y tu sonrisa en tu silencio es la escalera y las andas
con que me finjo más alto y junto a cualquier paraísoMi corazón es un ánfora que cae y que se quiebra
tu silencio lo recoge y quebrado lo arrincona
mi idea de ti es un cadáver que el mar trae a la playa…, y mientras tanto
tú eres la tela irreal en la que mi arte yerra el color…Abre todas las puertas y que el viento barra la idea
que tenemos de que un humo perfuma de ocio los salones
Mi alma es una caverna colmada por la marea alta,
y mi idea de soñarte una caravana de histrionesLlueve oro mate, mas no en lo exterior… Es dentro de mí… Soy la Hora,
y la Hora es de asombros y toda ella escombros de ella misma…
En mi atención hay una viuda pobre que nunca llora
En mi cielo interior nunca hubo una sola estrella..Hoy el cielo es pesado como la idea de no llegar nunca a un puerto
La lluvia menuda está vacía... La Hora sabe a haber sido
¡Y no haber algo como lechos para las naves!
Absorta en alienarse de sí, tu mirada es una plaga sin sentidoTodas mis horas están hechas de jaspe negro,
mis ansias todas talladas en un mármol que no existe,
no es alegría ni dolor este dolor con el que me alegro,
y mi bondad inversa no es ni buena ni mala…Los haces de los lictores se abrieron al borde de los caminos
Los pendones de las victorias medievales no llegaron ni a las cruzadas
Pusieron infolios útiles entre las piedras de las barricadas
Y la hierba creció en las vías férreas con lozanía dañina¡Ah, qué vieja es esta hora! ¡Y todas las naves partieron!
En la playa sólo un cabo muerto y unos restos de vela hablan
de lo Lejano, de las horas del Sur, de donde nuestros sueños sacan
aquella angustia de más soñar que hasta callan para síEl palacio está en ruinas... Duele ver en el parque el abandono
de la fuente sin surtidor... Nadie levanta la mirada del camino
y siente saudades de sí ante aquel lugar-otoño
Este paisaje es un manuscrito con la frase más bella suprimidaLa loca partió todos los candelabros glabros,
ensució de humano el lago con cartas rasgadas, muchas
Y mi alma es aquella luz que nunca más tendrán los candelabros
¿Y qué quieren del lago aciago mis ansias, brisas fortuitas?¿Por qué me aflijo y me enfermo? Se acuestan desnudas al claro de luna
todas las ninfas... Vino el sol y habían ya partido
Tu silencio que me arrulla es la idea de naufragar,
y la idea de que tu voz suene a lira de un Apolo fingidoYa no hay colas de pavos todo ojos en los jardines de otrora
Las propias sombras están más tristes… Aún
hay rastros de ropas de ayas (parece) en el suelo, y aún llora
un como eco de pasos por la alameda que velahí concluidaTodos los ocasos se fundieron en mi alma
Las hierbas de todos los prados fueron frescas bajo mis pies fríos
Secó en tu mirada la idea de creerte calma,
y el ver yo eso en ti es como un puerto sin navíosSe irguieron al tiempo todos los remos... Por el oro de los trigales
pasó una saudade de no ser mar... Frente
a mi trono de alienación hay gestos con piedras raras
Mi alma es una lámpara que se apagó y aún está caliente…¡Ah, y tu silencio es un perfil de cúspide al sol!
Todas las princesas sintieron el seno oprimido
De la última ventana del castillo sólo un girasol
se ve, y el soñar que hay otros pone brumas en nuestro sentido¡Ser, y no ser ya más! ¡Oh leones nacidos en la jaula!
Repicar de campanas hacia más allá, en el Otro Valle ¿Cerca?
Arde el colegio y un niño quedó encerrado en el aula
¿Por qué no ha de ser el Norte el Sur?
¿Qué es lo que está descubierto?Y yo deliro… De repente hago pausa en lo que pienso
Te miro
y tu silencio es una ceguera mía
Te miro y sueño
Hay cosas rojas y cobrizas en el modo de meditarte,
y tu idea sabe a recuerdo del sabor de un espanto¿Para qué no sentir por ti desprecio? ¿Por qué no perderlo?
Ah, deja que te ignore
Tu silencio es un abanico?
un abanico cerrado, un abanico que abierto sería tan bello, tan bello,
pero más bello es no abrirlo, para que la Hora no pequeSe helaron todas las manos cruzadas sobre todos los pechos
Se ajaron más flores de las que había en el jardín
Mi manera de amarte es una catedral de silencios escogidos,
y mis sueños una escalera sin principio pero con finAlguien va a entrar por la puerta
Se siente sonreír el aire
Tejedoras viudas gozan las mortajas de vírgenes que tejen
Ah, tu tedio es una estatua de una mujer que ha de venir,
el perfume que los crisantemos tendrían, si lo tuviesenEs preciso destruir el propósito de todos los puentes,
vestir de alienación los paisajes de todas las tierras,
enderezar por fuerza la curva de los horizontes,
y gemir por tener que vivir, como un ruido brusco de sierras¡Hay tan poca gente que ame los paisajes que no existen!
Saber que continuará habiendo el mismo mundo mañana?¡cómo nos entristece!
Que mi oír tu silencio no sean nubes que contristen
tu sonrisa, ángel exiliado, y tu tedio, aureola negraSuave, como tener madre y hermanas, la tarde rica desciende
No llueve ya, y el vasto cielo es una gran sonrisa imperfecta
Mi conciencia de tener conciencia de ti es una prez,
y mi saberte sonriendo es una flor mustia en mi pecho¡Ah, si fuésemos dos figuras en una lejana vidriera!
¡Ah, si fuésemos los dos colores de una bandera de gloria!
Estatua acéfala retirada a un lado, polvorienta pila bautismal,
pendón de vencidos que tuviese escrito en el centro este lema ¡Victoria!¿Qué es lo que me tortura?
Si hasta tu faz tranquila
sólo me llena de tedios y de opios de ocios temibles
No sé
Yo soy un loco que extraña su propia almaYo fui amado en efigie en un país más allá de los sueños
martes, 30 de diciembre de 2008
Hora Absurda - Fernando Pessoa
jueves, 25 de diciembre de 2008
Cuando no habia nadie más que tú -
Aquí les dejo un extracto del primer capítulo de El malestar de la barbarie de Fernando Mires, donde explica de manera rápida algunos de los puntos más importantes del psiconálisis freudiano.
Cuando no había nadie más que tú
En los dos primeros capítulos de El malestar en la cultura, Freud parece buscar la conexión con su crítica a la religión formulada en el Futuro de una ilusión (1927). No obstante, lo que interesa a Freud, mediante ese rodeo, es disertar acerca de por qué el ser humano es, por el hecho de pertenecer al ámbito de la cultura, un ser desdichado. De esa desdicha constitutiva viven las religiones, pues, con su idea del "más allá", nos prometen un mundo en donde encontraremos la felicidad que se ha hecho imposible en el "más acá". Esa promesa se encuentra —para Freud— no en el futuro sino en el pasado. Pues hubo un tiempo, intenta decirnos Freud, en el que ese "sentimiento oceánico" era algo más que un recuerdo vago. Era una realidad. El ser humano no estaba escindido en Yo y Ello y, por lo tanto, no había necesidad de que existiera ningún Superyo. Era una unidad integrada en la totalidad del cosmos, hasta que, al comer del árbol del conocimiento (la formulación es mía), vale decir, de la cultura, se produjo esa escisión que nos duele en lo más hondo del alma y que no nos deja ser lo que somos. Esa es la triste historia de la humanidad. Pero también es la triste historia de nuestras vidas, la que repetimos, casi monótonamente, desde que nacemos hasta que nos vamos.
Hubo una vez, en un momento de nuestra historia, en que no existíamos como Yo, o si se quiere, nuestro Yo existía disuelto en el inmenso océano del Ello. Nadábamos en un líquido tibio de placeres inmensos. No sabíamos que existía el tiempo con sus horas y minutos. Fuera de nosotros no existía el mundo. El mundo éramos nosotros: éramos intensos, infinitos, omnipotentes. Aun en el momento en que irrumpimos a la superficie, no aceptábamos nuestra singularidad e insistíamos en confundir nuestro cuerpo con esos volcanes de leche caliente que nos inundaban. Nuestros líquidos se desparramaban en colinas de piel blanda y salada. Hasta que un día descubriste que había algo, una sombra gigantesca fuera de ti, que obedecía a tus gemidos, y aprendiste a ordenar el mundo con tu llanto. Y esa figura inmensa obedecía al mundo con tu llanto. Y de pronto escuchaste un ruido que ya no era tu llanto. Existían voces fuera de ti. Entonces, desesperado, te apretaste a esa "otra", mordiendo sin dientes el volcán de leche caliente. Aprendiste a odiarla porque ella no era tú mismo(a), porque se separaba de tu cuerpo, y aunque no te habían enseñado a contar, ya sabías lo que eran dos. Y porque la odiaste por no estar en ti ni tú en ella, la deseaste cuando no estaba cerca, y la llamaste con aquel aullido de gorila herido que aprendiste en una vida que no era la tuya. Estabas viviendo el primer amor de tu vida. El miedo, la tristeza del abandono, el placer del reencuentro. El orgasmo de los cuerpos totales, confundidos en uno, esperando el dolor de la separación. Y un día apareció otra figura, aún más grande y sombría. Y tu primer amor, tu único amor, se lo llevó la sombra. Y gritaste, y aullaste, sintiendo dolores inmensos, y cagaste hasta la última gota de leche. Todo en vano. Entonces seguiste gritando, llamándola, hasta que un día ya no vino ella. Vino esa sombra inmensa y dijo
NO. Aprendiste así a callar tu deseo. Ese No, el padre nuestro- santificado- sea-tu- nombre, te ordenó que no desearas. Y tú deseaste con más fuerza todavía, pero en silencio. Y ese silencio te convirtió en culpable. Desde ese momento, andamos dando vueltas por la vida, tratando de pagar la culpa no cometida por el deseo no realizado. Y cuando nos damos cuenta de que ni todo el oro del mundo sirve para saldar esa deuda, dormimos, soñando que regresamos a aquel valle donde tú eras todo, más allá de la vida, pero no en la muerte, aunque sí muy cerca de ella. Esa es la infelicidad de nuestras vidas: el malestar en la cultura.
La muerte del ángel
La infelicidad de vivir. El malestar... también podría haber llevado ese título, y estuvo a punto de recibir uno parecido. Originariamente su autor había escogido como título "La infelicidad en la cultura". Pues, de eso se trata. Vivir en la cultura, y no tenemos otra opción, nos hace profundamente infelices, porque el nacimiento de la cultura, tanto en la humanidad como en cada uno de nosotros, marca un punto de escisión. No puede existir cultura sin represión de nuestra animalidad perdida en la historia de la especie y de la infancia perdida en cada uno de nosotros. La cultura sin represión es una imposibilidad utópica, tesis antropológica que sostiene Freud cuyas repercusiones políticas se adivinan. Ya volveré sobre eso.
La vida cultural nos obliga así a abandonar la niñez para convertirnos en adultos y en ciudadanos, de acuerdo con derechos y obligaciones que hemos debido contraer para—y esta es una tautología— vivir en la cultura. Lo dicho parece inocente. Pero si lo vemos con cierto detenimiento, no es así. Porque dejar de ser niño no es sólo un fenómeno biológico. Implica un largo proceso de domesticación que no todos los seres humanos —algunos por ser muy sensibles— pueden soportar. Ser adulto es el resultado de muchas renuncias que entregamos en cuotas hasta que, cuando estamos suficientemente desposeídos de placer, de vida y de energía, recibimos el diploma de adultos. Pero el niño que una vez fuimos no ha muerto. Sigue viviendo en el adulto, muchas veces en el inconciente de tu alma. El inconciente es un niño que encerrado en una pieza oscura despierta a veces, y llora.
Ese niño que una vez fuimos no tenía un sólo órgano sexual. El (ella) era en sí un órgano sexual. Su cuerpo era el placer y el placer era su cuerpo, deducía ya Freud en 1905 en sus Tres ensayos sobre teoría sexual (1905 a). Ese placer se concentró alguna vez en la boca, otra vez en el ano, pero sin que el resto del cuerpo dejara de ser placentero. La última fase, la entrada a la adultez, la más decisiva culturalmente es la genitalización, cuando el principio del placer es puesto al servicio de la reproducción, la que por su importancia cultural es organizada socialmente mediante la familiarización del amor y, en nuestra cultura, la llamada occidental, por medio del matrimonio monogámico.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Álvaro do Campos - Tabaquería
Aqui les dejo una de los grandes poemas del famoso heterónimo de Pessoa, el gran Álvaro do Campos
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Sin embargo, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe cuál es
(y si supiesen cuál es, ¿qué sabrían?),
Da al misterio de una calle constantemente cruzada por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.
Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.
Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo fue nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas verdades!
Yo, que no tengo ninguna verdad, ¿soy más verdadero o menos verdadero?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)
Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)
He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.
He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.
Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.
Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.
Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.
El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.
domingo, 24 de febrero de 2008
No olvides de donde vienes
Bueno, no tengo ganas de ponerme a sermonear a nadie, simplemente quiero compartir un fragmento de la segunda parte del Quijote. En realidad, es parte del consejo que El Caballero de los Leones le dice a su escudero que acababa de ser nombrado gobernador de su tan añorada ínsula. Se encuentra exactamente en el capítulo XLII, De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas.
Sin más rodeos:
Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la dignidad pontificia e imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que tienen principados y señoríos; porque la sangre se hereda y la virtud se adquiere, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar; que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie por lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.
[…]
Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, que no se por el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlos en la verdad del caso. No te ciegue a pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más de las veces serán sin remedio; y si le tuvieren será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, sino quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanza el de la muerte, en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma […]
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