Tu silencio es una nave con todas las velas llenas
blandas, las brisas juegan en las flámulas, tu sonrisa
y tu sonrisa en tu silencio es la escalera y las andas
con que me finjo más alto y junto a cualquier paraísoMi corazón es un ánfora que cae y que se quiebra
tu silencio lo recoge y quebrado lo arrincona
mi idea de ti es un cadáver que el mar trae a la playa…, y mientras tanto
tú eres la tela irreal en la que mi arte yerra el color…Abre todas las puertas y que el viento barra la idea
que tenemos de que un humo perfuma de ocio los salones
Mi alma es una caverna colmada por la marea alta,
y mi idea de soñarte una caravana de histrionesLlueve oro mate, mas no en lo exterior… Es dentro de mí… Soy la Hora,
y la Hora es de asombros y toda ella escombros de ella misma…
En mi atención hay una viuda pobre que nunca llora
En mi cielo interior nunca hubo una sola estrella..Hoy el cielo es pesado como la idea de no llegar nunca a un puerto
La lluvia menuda está vacía... La Hora sabe a haber sido
¡Y no haber algo como lechos para las naves!
Absorta en alienarse de sí, tu mirada es una plaga sin sentidoTodas mis horas están hechas de jaspe negro,
mis ansias todas talladas en un mármol que no existe,
no es alegría ni dolor este dolor con el que me alegro,
y mi bondad inversa no es ni buena ni mala…Los haces de los lictores se abrieron al borde de los caminos
Los pendones de las victorias medievales no llegaron ni a las cruzadas
Pusieron infolios útiles entre las piedras de las barricadas
Y la hierba creció en las vías férreas con lozanía dañina¡Ah, qué vieja es esta hora! ¡Y todas las naves partieron!
En la playa sólo un cabo muerto y unos restos de vela hablan
de lo Lejano, de las horas del Sur, de donde nuestros sueños sacan
aquella angustia de más soñar que hasta callan para síEl palacio está en ruinas... Duele ver en el parque el abandono
de la fuente sin surtidor... Nadie levanta la mirada del camino
y siente saudades de sí ante aquel lugar-otoño
Este paisaje es un manuscrito con la frase más bella suprimidaLa loca partió todos los candelabros glabros,
ensució de humano el lago con cartas rasgadas, muchas
Y mi alma es aquella luz que nunca más tendrán los candelabros
¿Y qué quieren del lago aciago mis ansias, brisas fortuitas?¿Por qué me aflijo y me enfermo? Se acuestan desnudas al claro de luna
todas las ninfas... Vino el sol y habían ya partido
Tu silencio que me arrulla es la idea de naufragar,
y la idea de que tu voz suene a lira de un Apolo fingidoYa no hay colas de pavos todo ojos en los jardines de otrora
Las propias sombras están más tristes… Aún
hay rastros de ropas de ayas (parece) en el suelo, y aún llora
un como eco de pasos por la alameda que velahí concluidaTodos los ocasos se fundieron en mi alma
Las hierbas de todos los prados fueron frescas bajo mis pies fríos
Secó en tu mirada la idea de creerte calma,
y el ver yo eso en ti es como un puerto sin navíosSe irguieron al tiempo todos los remos... Por el oro de los trigales
pasó una saudade de no ser mar... Frente
a mi trono de alienación hay gestos con piedras raras
Mi alma es una lámpara que se apagó y aún está caliente…¡Ah, y tu silencio es un perfil de cúspide al sol!
Todas las princesas sintieron el seno oprimido
De la última ventana del castillo sólo un girasol
se ve, y el soñar que hay otros pone brumas en nuestro sentido¡Ser, y no ser ya más! ¡Oh leones nacidos en la jaula!
Repicar de campanas hacia más allá, en el Otro Valle ¿Cerca?
Arde el colegio y un niño quedó encerrado en el aula
¿Por qué no ha de ser el Norte el Sur?
¿Qué es lo que está descubierto?Y yo deliro… De repente hago pausa en lo que pienso
Te miro
y tu silencio es una ceguera mía
Te miro y sueño
Hay cosas rojas y cobrizas en el modo de meditarte,
y tu idea sabe a recuerdo del sabor de un espanto¿Para qué no sentir por ti desprecio? ¿Por qué no perderlo?
Ah, deja que te ignore
Tu silencio es un abanico?
un abanico cerrado, un abanico que abierto sería tan bello, tan bello,
pero más bello es no abrirlo, para que la Hora no pequeSe helaron todas las manos cruzadas sobre todos los pechos
Se ajaron más flores de las que había en el jardín
Mi manera de amarte es una catedral de silencios escogidos,
y mis sueños una escalera sin principio pero con finAlguien va a entrar por la puerta
Se siente sonreír el aire
Tejedoras viudas gozan las mortajas de vírgenes que tejen
Ah, tu tedio es una estatua de una mujer que ha de venir,
el perfume que los crisantemos tendrían, si lo tuviesenEs preciso destruir el propósito de todos los puentes,
vestir de alienación los paisajes de todas las tierras,
enderezar por fuerza la curva de los horizontes,
y gemir por tener que vivir, como un ruido brusco de sierras¡Hay tan poca gente que ame los paisajes que no existen!
Saber que continuará habiendo el mismo mundo mañana?¡cómo nos entristece!
Que mi oír tu silencio no sean nubes que contristen
tu sonrisa, ángel exiliado, y tu tedio, aureola negraSuave, como tener madre y hermanas, la tarde rica desciende
No llueve ya, y el vasto cielo es una gran sonrisa imperfecta
Mi conciencia de tener conciencia de ti es una prez,
y mi saberte sonriendo es una flor mustia en mi pecho¡Ah, si fuésemos dos figuras en una lejana vidriera!
¡Ah, si fuésemos los dos colores de una bandera de gloria!
Estatua acéfala retirada a un lado, polvorienta pila bautismal,
pendón de vencidos que tuviese escrito en el centro este lema ¡Victoria!¿Qué es lo que me tortura?
Si hasta tu faz tranquila
sólo me llena de tedios y de opios de ocios temibles
No sé
Yo soy un loco que extraña su propia almaYo fui amado en efigie en un país más allá de los sueños
martes, 30 de diciembre de 2008
Hora Absurda - Fernando Pessoa
jueves, 25 de diciembre de 2008
Cuando no habia nadie más que tú -
Aquí les dejo un extracto del primer capítulo de El malestar de la barbarie de Fernando Mires, donde explica de manera rápida algunos de los puntos más importantes del psiconálisis freudiano.
Cuando no había nadie más que tú
En los dos primeros capítulos de El malestar en la cultura, Freud parece buscar la conexión con su crítica a la religión formulada en el Futuro de una ilusión (1927). No obstante, lo que interesa a Freud, mediante ese rodeo, es disertar acerca de por qué el ser humano es, por el hecho de pertenecer al ámbito de la cultura, un ser desdichado. De esa desdicha constitutiva viven las religiones, pues, con su idea del "más allá", nos prometen un mundo en donde encontraremos la felicidad que se ha hecho imposible en el "más acá". Esa promesa se encuentra —para Freud— no en el futuro sino en el pasado. Pues hubo un tiempo, intenta decirnos Freud, en el que ese "sentimiento oceánico" era algo más que un recuerdo vago. Era una realidad. El ser humano no estaba escindido en Yo y Ello y, por lo tanto, no había necesidad de que existiera ningún Superyo. Era una unidad integrada en la totalidad del cosmos, hasta que, al comer del árbol del conocimiento (la formulación es mía), vale decir, de la cultura, se produjo esa escisión que nos duele en lo más hondo del alma y que no nos deja ser lo que somos. Esa es la triste historia de la humanidad. Pero también es la triste historia de nuestras vidas, la que repetimos, casi monótonamente, desde que nacemos hasta que nos vamos.
Hubo una vez, en un momento de nuestra historia, en que no existíamos como Yo, o si se quiere, nuestro Yo existía disuelto en el inmenso océano del Ello. Nadábamos en un líquido tibio de placeres inmensos. No sabíamos que existía el tiempo con sus horas y minutos. Fuera de nosotros no existía el mundo. El mundo éramos nosotros: éramos intensos, infinitos, omnipotentes. Aun en el momento en que irrumpimos a la superficie, no aceptábamos nuestra singularidad e insistíamos en confundir nuestro cuerpo con esos volcanes de leche caliente que nos inundaban. Nuestros líquidos se desparramaban en colinas de piel blanda y salada. Hasta que un día descubriste que había algo, una sombra gigantesca fuera de ti, que obedecía a tus gemidos, y aprendiste a ordenar el mundo con tu llanto. Y esa figura inmensa obedecía al mundo con tu llanto. Y de pronto escuchaste un ruido que ya no era tu llanto. Existían voces fuera de ti. Entonces, desesperado, te apretaste a esa "otra", mordiendo sin dientes el volcán de leche caliente. Aprendiste a odiarla porque ella no era tú mismo(a), porque se separaba de tu cuerpo, y aunque no te habían enseñado a contar, ya sabías lo que eran dos. Y porque la odiaste por no estar en ti ni tú en ella, la deseaste cuando no estaba cerca, y la llamaste con aquel aullido de gorila herido que aprendiste en una vida que no era la tuya. Estabas viviendo el primer amor de tu vida. El miedo, la tristeza del abandono, el placer del reencuentro. El orgasmo de los cuerpos totales, confundidos en uno, esperando el dolor de la separación. Y un día apareció otra figura, aún más grande y sombría. Y tu primer amor, tu único amor, se lo llevó la sombra. Y gritaste, y aullaste, sintiendo dolores inmensos, y cagaste hasta la última gota de leche. Todo en vano. Entonces seguiste gritando, llamándola, hasta que un día ya no vino ella. Vino esa sombra inmensa y dijo
NO. Aprendiste así a callar tu deseo. Ese No, el padre nuestro- santificado- sea-tu- nombre, te ordenó que no desearas. Y tú deseaste con más fuerza todavía, pero en silencio. Y ese silencio te convirtió en culpable. Desde ese momento, andamos dando vueltas por la vida, tratando de pagar la culpa no cometida por el deseo no realizado. Y cuando nos damos cuenta de que ni todo el oro del mundo sirve para saldar esa deuda, dormimos, soñando que regresamos a aquel valle donde tú eras todo, más allá de la vida, pero no en la muerte, aunque sí muy cerca de ella. Esa es la infelicidad de nuestras vidas: el malestar en la cultura.
La muerte del ángel
La infelicidad de vivir. El malestar... también podría haber llevado ese título, y estuvo a punto de recibir uno parecido. Originariamente su autor había escogido como título "La infelicidad en la cultura". Pues, de eso se trata. Vivir en la cultura, y no tenemos otra opción, nos hace profundamente infelices, porque el nacimiento de la cultura, tanto en la humanidad como en cada uno de nosotros, marca un punto de escisión. No puede existir cultura sin represión de nuestra animalidad perdida en la historia de la especie y de la infancia perdida en cada uno de nosotros. La cultura sin represión es una imposibilidad utópica, tesis antropológica que sostiene Freud cuyas repercusiones políticas se adivinan. Ya volveré sobre eso.
La vida cultural nos obliga así a abandonar la niñez para convertirnos en adultos y en ciudadanos, de acuerdo con derechos y obligaciones que hemos debido contraer para—y esta es una tautología— vivir en la cultura. Lo dicho parece inocente. Pero si lo vemos con cierto detenimiento, no es así. Porque dejar de ser niño no es sólo un fenómeno biológico. Implica un largo proceso de domesticación que no todos los seres humanos —algunos por ser muy sensibles— pueden soportar. Ser adulto es el resultado de muchas renuncias que entregamos en cuotas hasta que, cuando estamos suficientemente desposeídos de placer, de vida y de energía, recibimos el diploma de adultos. Pero el niño que una vez fuimos no ha muerto. Sigue viviendo en el adulto, muchas veces en el inconciente de tu alma. El inconciente es un niño que encerrado en una pieza oscura despierta a veces, y llora.
Ese niño que una vez fuimos no tenía un sólo órgano sexual. El (ella) era en sí un órgano sexual. Su cuerpo era el placer y el placer era su cuerpo, deducía ya Freud en 1905 en sus Tres ensayos sobre teoría sexual (1905 a). Ese placer se concentró alguna vez en la boca, otra vez en el ano, pero sin que el resto del cuerpo dejara de ser placentero. La última fase, la entrada a la adultez, la más decisiva culturalmente es la genitalización, cuando el principio del placer es puesto al servicio de la reproducción, la que por su importancia cultural es organizada socialmente mediante la familiarización del amor y, en nuestra cultura, la llamada occidental, por medio del matrimonio monogámico.
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